Durante toda la semana, he estado orando y reflexionando acerca de los tiroteos masivos en California, Ohio y El Paso, Texas.

Lo que sucedió en El Paso me afectó de manera personal. Mi familia es mexicana y estadounidense, y nuestras raíces se remontan a principios de 1800, en lo que ahora es Texas. Yo viví gran parte de mi vida adulta allí, incluyendo mis cinco años como Arzobispo de San Antonio.

Pero lo que sucedió en El Paso sobrepasa lo personal. Con los hechos en El Paso se ha cruzado un límite en nuestra nación.

En los últimos años, hemos visto la maldad que ha hecho que los afroamericanos se hayan vuelto el blanco de ataques terroristas racistas, especialmente con el tiroteo en la iglesia de Charleston, en Carolina del Sur, en el 2015. Con lo que sucedió en El Paso, se ha llevado a cabo, por primera vez, una masacre con el propósito de detener la migración mexicana.

Al ver a los 22 muertos que hubo en El Paso y a las dos docenas más de heridos, a los niños que se quedaron sin padres, al ver la seguridad destrozada de una ciudad fronteriza pacífica, nos quedamos con algunas preguntas difíciles de responder acerca de aquello en lo que se está convirtiendo nuestra nación.

El hecho de que el “nacionalismo blanco” vaya en aumento, es una señal de qué tanto nos hemos apartado del universalismo cristiano expresado en los ideales fundacionales de nuestra nación.

Para Jesucristo, no hay mexicanos ni negros, no hay vietnamitas, chinos, coreanos o filipinos, no hay rusos o italianos, no hay africanos o salvadoreños, tampoco inmigrantes o nativos.

Para Jesucristo, solo hay hijos de Dios, creados a su imagen, templos del Espíritu Santo, dotados por su Creador de dignidad, igualdad y derechos humanos que deben ser protegidos y que nadie puede violar.

La humanidad de los demás nunca es negociable. Los hombres y las mujeres no pueden volverse menos humanos, menos hijos de Dios, por el hecho de ser “indocumentados”. Sin embargo, en nuestra nación, se ha vuelto común escuchar hablar de los migrantes y tratarlos como si, en cierto modo, no valiera la pena ocuparse de ellos.

El nacionalismo blanco y el terrorismo doméstico no son nada nuevo, lamentablemente.

Los asesinatos que ocurrieron en El Paso ocuparán un lugar junto a las medidas represivas que hubo contra los japoneses-estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial, junto a los bombardeos de iglesias en el sur de Jim Crow, junto a los linchamientos de mexicanos en Texas, que continuaron hasta la década de 1920, entre otros muchos episodios vergonzosos de nuestro pasado.

Pero el mito de que Estados Unidos fue fundado por y para los blancos es solo eso: un mito.

Esta tierra nació como un encuentro de culturas, primero con los americanos nativos. Los hispanos llegaron a Texas en 1519. Los asiáticos empezaron a llegar a California unos 50 años antes de que los peregrinos llegaran a Plymouth Rock.

El primer idioma no nativo hablado en este continente fue el español, no el inglés. Y este país siempre ha sido renovado, una y otra vez, por las sucesivas oleadas de inmigrantes de todas las naciones del mundo.

Esta es la verdad sobre Estados Unidos. Pero en este momento hay miedo y división porque nuestra nación está cambiando.

Cada vez hay más ciudades, como El Paso y Los Ángeles, en donde las minorías raciales y étnicas superan ahora en número a los estadounidenses de ascendencia europea. Los blancos representan menos de la mitad de los niños que nacen actualmente en los Estados Unidos.

Existe una verdadera ansiedad respecto al futuro, ya que la economía sigue cambiando y movilizando a las personas, que se ven impulsadas por las fuerzas de la globalización y la automatización. En todo el mundo vemos las migraciones masivas de personas pobres que buscan refugio en naciones más ricas, de personas expulsadas de sus hogares por la violencia y la inestabilidad que hay en sus países de origen.

Estas son las realidades del mundo en el que vivimos y que solo se irán intensificando. La pregunta que se nos plantea es, cómo responderemos a esto.

Jesús nos llama a encontrarlo en los pobres y en los migrantes, en los presos, en las personas sin hogar y en los enfermos. Él nos llama a amar a los demás como a nosotros mismos, a amar a los demás como Él nos amó. El amor que le mostramos a aquellos que vienen a nosotros buscando una nueva vida es el amor que le mostramos a Cristo. Él no hace excepciones solo para los “pobres que lo merecen” o para aquellos que tienen los documentos adecuados.

Después de El Paso, queda claro que esta es nuestra misión. Necesitamos ayudar a nuestra sociedad a percibir nuestra humanidad común, a percibir que todos somos hijos de Dios, destinados a vivir juntos como hermanos y hermanas, sin importar el color de nuestra piel, el idioma que hablemos o el lugar en el que hayamos nacido.

La manera en la que podemos honrar las vidas que se perdieron en El Paso es vivir con un verdadero amor cristiano, y vivir con esa visión de Estados Unidos que su asesino quiso negar.

Oren por mí esta semana y yo oraré por ustedes.

Y pidámosle a nuestra Santísima Madre que interceda por nosotros, para que podamos hacer de Estados Unidos un lugar que siga siendo un faro de esperanza para personas provenientes de todos los países, que buscan en esta nación refugio, libertad e igualdad bajo Dios.