For some years now, I have expressed my concern that the death penalty is both cruel and unnecessary and I have called for its abolition.

So, I welcome the changes to The Catechism of the Catholic Church on the death penalty and I am grateful for Pope Francis’ leadership in working for an end to judicial executions worldwide.

The Catechism revisions announced today reflect an authentic development of the Church’s doctrine that started with St. John Paul II and has continued under emeritus Pope Benedict XVI and now Pope Francis.

The Scriptures, along with saints and teachers in the Church’s tradition, justify the death penalty as a fitting punishment for those who commit evil or take another person’s life. And the Church has always recognized that governments and civil authorities have the right to carry out executions in order to protect their citizens’ lives and punish those guilty of the gravest crimes against human life and the stability of the social order.

But in recent decades, there has been a growing consensus — among bishops’ conferences around the world and in the teachings of the Popes and the Catechism — that use of the death penalty can no longer be accepted. 

The Church has come to understand that from a practical standpoint, governments now have the ability to protect society and punish criminals without executing violent offenders. The Church now believes that the traditional purposes of punishment — defending society, deterring criminal acts, rehabilitating criminals and penalizing them for their actions — can be better achieved by nonviolent means.

The Church’s continued prayer and reflection has also helped us to see the deeper demands of the Gospel’s teaching on human life and dignity.

We understand now that all human life is sacred — even the lives of those who commit acts of great evil and depravity. And we have come to insist that authorities respect the dignity of even the most violent criminals and give them the chance to reform their lives and be reintegrated into society.

Today’s revisions to the Catechism seem to me to reflect this growing consensus in the Church that capital punishment should be rejected.

In his letter, Evangelium Vitae (“The Gospel of Life”), Pope John Paul II said the death penalty could be used only in cases “when it would not be possible otherwise to defend society.” But, he added, “as a result of steady improvements in the organization of the penal system, such cases are very rare, if not practically non-existent.”

The revisions announced today are in line with that conclusion.

The Catechism now says the death penalty is “inadmissible” — it should not be used — because it violates the dignity of the person and because “more effective systems of detention have been developed, which ensure the due protection of citizens but, at the same time, do not definitively deprive the guilty of the possibility of redemption.”

The Catechism is not equating capital punishment with the evils of abortion and euthanasia. Those crimes involve the direct killing of innocent life and they are always gravely immoral. By definition, the lives of almost all those on death row are not “innocent.” But as St. John Paul II said: “Not even a murderer loses his personal dignity, and God himself pledges to guarantee this.

I respect that many good people will continue to believe that our society needs the death penalty to express its moral outrage and to punish those who commit the ultimate crime of taking human life.

But I do not believe that public executions serve to advance that message in our secular society.

We all need to consider how much violence has become an accepted part of American society and popular culture. There is not only the random violence we see every day in our communities. But we are also a society that permits our children to play video games that involve them “virtually” killing their enemies; much of our popular “entertainment” consists of movies and other programs that involve fictional characters committing heinous murders and other unspeakable acts.

In this kind of society, executing criminals sends no moral signal. It is simply one more killing in a culture of death.

The Church today is pointing us in a different direction.  

Showing mercy to those who do not “deserve” it, seeking redemption for persons who have committed evil, working for a society where every human life is considered sacred and protected — this is how we are called to follow Jesus Christ and proclaim his Gospel of life in these times and in this culture. 


Declaración acerca de los Cambios al Catecismo de la Iglesia Católica sobre la Pena de Muerte (Párrafo 2267)

Desde hace ya algunos años, he expresado mi preocupación acerca de que la pena de muerte es tanto cruel como innecesaria y he pedido que sea abolida.

Acojo pues con agrado los cambios al Catecismo de la Iglesia Católica sobre la pena de muerte y estoy agradecido de que el Papa Francisco haya encabezado la labor de ponerle fin a las ejecuciones judiciales en todo el mundo.

Las revisiones al Catecismo que fueron anunciadas hoy reflejan un auténtico desarrollo de la doctrina de la Iglesia que inició con San Juan Pablo II y continuó luego bajo el Papa emérito Benedicto XVI y ahora con el Papa Francisco.

Las Escrituras, junto con los santos y maestros de la tradición de la Iglesia, justifican la pena de muerte como un castigo apropiado para aquellos que cometen el mal o acaban con la vida de otra persona. Y la Iglesia siempre ha reconocido que los gobiernos y las autoridades civiles tienen el derecho de llevar a cabo ejecuciones con el fin de proteger la vida de sus ciudadanos y de castigar a los que son culpables de los crímenes más graves en contra de la vida humana y de la estabilidad del orden social.

Pero en las últimas décadas, ha habido un consenso creciente, entre las conferencias episcopales de todo el mundo y en las enseñanzas de los Papas y del Catecismo, de que el recurso a la pena de muerte ya no puede ser aceptado.

La Iglesia ha llegado a comprender que desde un punto de vista práctico los gobiernos tienen ahora la capacidad de proteger a la sociedad y de castigar a los delincuentes sin ejecutar a los delincuentes violentos. La Iglesia piensa ahora que los propósitos tradicionales del castigo —defender a la sociedad, disuadir actos criminales, rehabilitar a los criminales y penalizarlos por sus acciones— se pueden lograr mejor por medios no violentos.

La oración y la reflexión continuas de la Iglesia nos han ayudado también a ver las exigencias más profundas de las enseñanzas del Evangelio sobre la vida y la dignidad humanas.

Entendemos ahora que toda vida humana es sagrada, incluso la vida de aquellos que cometen actos de gran maldad y depravación. Y hemos estado insistiendo en que las autoridades respeten la dignidad de los delincuentes, incluso de los más violentos y en que les den la oportunidad de reformar sus vidas y de reintegrarse a la sociedad.

Me parece que las revisiones que se hicieron hoy al Catecismo reflejan este creciente consenso dentro de la Iglesia, de que la pena capital debe ser rechazada.

En su carta Evangelium Vitae (“El Evangelio de la vida”), el Papa Juan Pablo II dijo que la pena de muerte solo podría ser usada en casos “en los que no fuera posible defender a la sociedad”. Sin embargo, agregó, “como resultado de las constantes mejoras en la organización del sistema penal, estos casos son muy raros, si no es que prácticamente inexistentes.”

Las revisiones anunciadas hoy van en la misma línea que esa conclusión.

El Catecismo dice ahora que la pena de muerte es “inadmisible,” que no debe usarse, porque viola la dignidad de la persona y porque “se han desarrollado sistemas de detención más efectivos, que garantizan la debida protección de los ciudadanos y que, al mismo tiempo, no privan definitivamente a los culpables de la posibilidad de redención.”

El Catecismo no equipara la pena capital con los males del aborto y la eutanasia. Esos crímenes conllevan el asesinato directo de vidas inocentes y son siempre gravemente inmorales. Por definición, la vida de casi todos los condenados a muerte no es una vida “inocente”. Pero como lo dijo San Juan Pablo II: “Ni siquiera un asesino pierde su dignidad personal, y Dios mismo se compromete a garantizar esto.

Respeto el hecho de que muchas personas buenas sigan creyendo que nuestra sociedad necesita de la pena de muerte para expresar su indignación moral y para castigar a quienes cometen el crimen máximo de privar de la vida humana a otra persona.

Pero no creo que las ejecuciones públicas sirvan para comunicar ese mensaje a nuestra sociedad secular.

Todos tenemos que considerar en qué gran medida la violencia se ha convertido en una parte aceptada de la sociedad estadounidense y de la cultura popular. No hay sólo una violencia aleatoria, que vemos todos los días en nuestras comunidades, sino que también somos una sociedad que permite que nuestros hijos jueguen videojuegos que los involucran “virtualmente” en matar a sus enemigos. Gran parte de nuestro “entretenimiento” popular consiste en películas y otros programas que incluyen a personajes ficticios que cometen atroces asesinatos y otros actos indescriptibles.

En este tipo de sociedad, el ejecutar a los delincuentes no logra enviar una advertencia moral. Es simplemente una muerte más dentro de una cultura de muerte.

La Iglesia nos indica hoy una dirección diferente.

Mostrar misericordia a los que no lo “merecen”, buscar la redención de las personas que han cometido el mal, trabajar para una sociedad en la que cada vida humana es considerada sagrada y protegida, es la manera en la que estamos llamados a seguir a Jesucristo y a proclamar su Evangelio de vida en estos tiempos y en esta cultura.


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